Vidas Cruzadas

Confianza al otro lado del teléfono

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Para Andrés García, un joven psicólogo, voluntario en la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo), “es importante ponerte en la piel de otra persona”. Es lo que hace desde hace casi dos años cada vez que atiende el teléfono en esta organización que en 1994 abrió una línea de ayuda gratuita para ofrecer a los menores de edad apoyo cuando tienen problemas o se encuentran en situaciones de riesgo. A lo largo de su corta experiencia, se ha encontrado con situaciones de todo tipo. Unas más graves que otras. “Los problemas son importantes en la medida en que la persona que los sufre cree que lo son”. Voces que a veces delatan inseguridad o angustia, a las que este psicólogo contrapone confianza. “Les hacemos ver que no están solos, que hay alguien que se ocupa de ellos”.

La idea de Andrés García era dedicarse a la psicología clínica. Durante un tiempo, preparó oposiciones a PIR (psicólogo interno residente) –equivalente en psicología al MIR en medicina-. En esos años de estudio, una amiga le sugirió la posibilidad de trabajar como voluntario en una fundación. Le habló de ANAR y contactó con ellos. Superó la entrevista y tras recibir una formación básica, estaba listo para atender llamadas. Al principio, con apoyo de un experto guiándole en esos primeros momentos en que Andrés temía cometer una equivocación o atascarse. Su bautismo fue una mezcla de nervios y esperanza. “Estaba nervioso, pero a la vez sabía que estaba preparado y deseaba empezar”.

Recuerda su primer día en la fundación. Al otro lado de la línea, oía los llantos desconsolados de un niño pidiendo por favor que le ayudase. Poco a poco, consiguió que se tranquilizara lo suficiente para escuchar un relato de maltrato físico por parte de los padres. “Ese caso me impactó bastante”, cuenta Andrés. El teléfono ANAR, iniciativa apoyada por la Fundación Mutua Madrileña en su I Convocatoria Anual de Ayudas a Proyectos de Acción Social, es una línea de ayuda gratuita y confidencial, que opera en toda España, durante las 24 horas del día todos los días del año. Desde la fundación, ofrecen ayuda psicológica, social y jurídica.

Andrés se licenció en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. Recibió una sólida formación, pero el trabajo en la Fundación ANAR ha sido un master.  Ha sido una inmersión en una realidad en la hay muchas personas que sufren, no sólo las que lo padecen, también las que están a su alrededor: familia, amigos, vecinos. “Hay gente con problemas y tiene que haber gente que les oriente y les guíe, en definitiva, les ayude”.

Un máster en serenidad

Una llamada telefónica es una petición de auxilio. “Es verdad que llaman cuando ya están muy mal”. Es entonces cuando profesionales como Andrés tienen que acogerles, tranquilizarles, ganarse su confianza para que les cuenten sus problemas. Algunos casos que atiende amenazan daños graves, por eso tiene que razonar con los chavales, abrirles los ojos y convencerles de que lo prioritario es su seguridad. Andrés se ha encontrado con menores que ven normal el maltrato físico cuando viene de sus padres, algunos piensan que se lo merecen y otros abandonan el hogar. No todas las llamadas son graves, en ocasiones, Andrés escucha casos inventados, una especie de prueba para tantear al profesional y conocer su reacción ante un problema real. “Tienes que estar sereno, no perder los estribos, animarles a llamar cuando quieran y en el momento que quieran, porque el teléfono funciona las 24 horas y es confidencial, pero les pedimos que no ocupen la línea, porque hay personas que quieren contar su problema y no pueden”.

Considera que una experiencia como la suya es fundamental para aquellos psicólogos noveles que deseen una toma de contacto con lo que va a ser su trabajo, pero no tienen oportunidades para realizarlo. “Te da confianza para en un futuro poder enfrentarte en la consulta a casos con seguridad. A mí me ha ayudado a superar situaciones inesperadas y saber reaccionar”, asegura Andrés.

En la Fundación ANAR, el teléfono no para de sonar. Este psicólogo de 25 años se enfrenta a problemas relacionados con custodias paternas, situaciones de acoso escolar, conflictos sentimentales de adolescentes, entre otros muchos casos. Hay ciertas situaciones en las que necesita el apoyo del Servicio Jurídico de la organización. Las llamadas pueden ser muy largas y a Andrés le puede quedar la incógnita de qué ha pasado finalmente con aquellos chavales o padres desesperados. Algunos llaman de nuevo para agradecer el apoyo prestado. Son esos casos los que le hacen sentir especialmente bien, que le recuerdan que para el que está al otro lado del teléfono es importante saber que le están escuchando.

Tiene claro que quiere dedicarse a esto. “Es lo que me gusta, voy a luchar por mi sueño”. Su experiencia en la fundación le da la oportunidad de mirar el futuro con optimismo. Ha renunciado al PIR, pero no a seguir formándose. En la actualidad, estudia dos másteres, porque quiere especializarse en neuropsicología, un campo que avanza con fuerza en nuestro país. Además, psicología clínica y neuropsicología se pueden complementar muy bien, apunta. En el futuro, Andrés no se cierra puertas. Desde abrir su propio gabinete, hasta hacer un doctorado o la docencia universitaria.

La clave es la confianza. Da y recibe. Cuando terminó la carrera, era consciente de lo complicado que resultaba hacerse un hueco en el ámbito de la psicología clínica. “Al contrario que en otras carreras, aquí no te viene nadie a buscar”. Hoy, camina más seguro y explora nuevas posibilidades.

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