Vidas Cruzadas

El partido de tenis más especial

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En el vocabulario de Roberto Ramos no hay cabida para la palabra rendirse. En 2013 un accidente de tráfico le dejó en una silla de ruedas. Tenía 26 años, trabajaba en una entidad financiera y acababa de poner punto y final a sus estudios de master. Se pasó diez meses en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. De la esperanza a la toma de conciencia de la situación real. Hasta que el pasado mes de enero se decidió a coger una raqueta. “Desde el primer día sentí que podía divertirme”, cuenta. Roberto fue uno de los primeros pacientes que estrenó la pista de tenis construida por la Fundación Emilio Sánchez Vicario gracias a la aportación de la Fundación Mutua Madrileña. Desde entonces, ha ido mejorando en este deporte que contribuye a la recuperación física y mejora la autoestima.

Antes del accidente que cambió su vida, el deporte llenaba una parte de su tiempo. Montar en bicicleta o jugar al paddle eran dos de sus actividades favoritas. Volver a la práctica deportiva ha sido una de sus grandes satisfacciones en el último año. Roberto recuerda que al principio de ingresar en el hospital, su lesión le impedía hacer muchas cosas. A sus 27 años, ha tenido que aprender a lidiar con otros problemas. “Hay que intentarlo todo y no rendirse”, dice consciente de que en cualquier momento su estado de ánimo puede jugarle una mala pasada.

Fue en enero de este año cuando se sintió capaz de empezar a hacer algún  tipo de deporte. Desde septiembre de 2013, el hospital contaba con una nueva pista de tenis financiada por la Fundación Mutua Madrileña para apoyar el programa de tenis adaptado de la Fundación Emilio Sánchez Vicario. Roberto pensó: ¿por qué no probarlo? Se apuntó y desde el primer momento sintió que podía divertirse. Poco a poco ha ido mejorando. Tiene que ponerse un esparadrapo en la mano para coger la raqueta, aunque confiesa que se le da bastante bien.

Ha comprobado los beneficios físicos y psíquicos de este deporte. Sus días de tenis eran los que más disfrutaba en el hospital. Una experiencia que le acercaba al mundo real. Agradece, en consecuencia, el trabajo realizado por las fundaciones que permitía a las personas ingresadas en este centro de parapléjicos de referencia salirse de la rutina hospitalaria.

Roberto estuvo jugando al tenis en el hospital hasta que le dieron de alta. Como el deporte le gusta y tiene buen juego, se ha apuntado a un club de tenis. Por fin ha conseguido una silla de ruedas -“son productos tan especiales que no hay un gran mercado de segunda mano”- y está listo para reanudar el partido. De momento, baraja hacer deporte un par de días a la semana. Mientras, continuará con su rehabilitación. Vive en Algete, un pueblo pequeño del norte de Madrid. Cada vez que quiere hacer algo, se tiene que desplazar y no es fácil. “Soy muy independiente. Tener que contar con los demás para todo es un gran cambio”, reconoce.

Roberto Ramos es licenciado en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid. Le atraía el mundo de las finanzas, trabajaba en Bankia, así que decidió cursar un master en el Centro de Estudios Financieros (CEF). Es joven, tiene una formación y ganas de trabajar, sin embargo, no quiere precipitarse en sus decisiones. En estos momentos, cobra una pensión y a pesar de que estaría dispuesto a sacrificarla a cambio de estar activo, prefiere no correr riesgos. “Tengo que valorar si me compensa volver a trabajar. Además, para desplazarme dependería de los demás.”. Sabe que hay trabajos que puede realizar desde casa y no descarta aceptar las ofertas que se le presenten.

Lo importante es no rendirse

Su vida ha cambiado radicalmente en el último año. Tras el shock experimentado al inicio de su lesión, Roberto ha ido tomando conciencia de la realidad. Es un aprendizaje lento, explica. “Tienes que lidiar con los problemas del día a día”. En el hospital, sus días estaban completos, organizados. Dejar esa rutina no le asustaba, pero de nuevo en casa se ha encontrado con que sus horas las tiene que rellenar él. “Esto es más complicado”.

Le gusta el deporte y estar con sus amigos. También viajar. Ha vivido en Inglaterra unos ocho meses, en Bournemouth, en el sur, estudiando inglés, y en Escocia, trabajando de camarero, porque “aquí no encontraba trabajo”. No tenía un nivel de inglés alto, pero no le importó lanzarse a la aventura de buscar empleo fuera. Llegó hasta la última casa habitada de esa región de “paisajes increíbles y gente encantadora”. Cree que vivir y trabajar en otro país es una experiencia que hay que probar. “Cuando estás fuera, echas de menos tu casa; pero cuando regresas, deseas volver”. Viajar enriquece. Él está feliz de haber pasado unos días este verano en Berlín, con sus padres y su hermana pequeña. La capital alemana tiene mucho que ofrecer al viajero y es una ciudad accesible para las personas en sillas de ruedas. Él sigue aprendiendo. Lo importante es no rendirse.

 

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