Vidas Cruzadas

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Por su cabeza de niño bullía la idea de hacer cosas que dejaran huella. Le gustaba todo lo relacionado con la Tierra y, por eso, José María González decidió estudiar Ciencias Ambientales. Como su curiosidad le empujaba a saber cómo funcionaba el mundo, compaginó esa joven y prometedora carrera con Administración y Dirección de Empresas. La doble formación resultó una buena baza a la hora de solicitar una beca de la Fundación Mutua Madrileña para realizar un postgrado en el extranjero.  Gracias a ella, afrontó sin apuros económicos los estudios de un MBA en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte (EE UU). Fueron dos años aprendiendo y compartiendo el día a día con 400 alumnos de 48 países. La experiencia le ha cambiado emocional y profesionalmente.

En la Fundación Mutua Madrileña todavía se recuerda el grito de alegría de José María González (Madrid, 1981) cuando le anunciaron que le habían concedido una beca de para ampliar sus estudios en el extranjero. Este joven de carácter abierto y aventurero trabajaba como consultor en Garrigues Medio Ambiente cuando, preocupado por la idea de acomodarse laboralmente, decidió dar un giro radical a su vida: estudiar un máster que le preparase para un contexto global, en conocimientos y en mercados. “Volver a estudiar con treinta años es un lujo. El problema es tener dinero para ello; de lo contrario, ni te lo planteas. Yo no tenía responsabilidades familiares, me lo podía permitir. Durante años estudias inglés, luego una carrera, te pones a trabajar…; es lo que toca, estás labrando tu futuro,  pero llega un momento en que te preguntas: ¿ahora qué?”.

Analizó universidades en Estados Unidos, habló con antiguos alumnos, buscó financiación. Al final, seleccionó las cinco instituciones que encajaban en sus prioridades: estudiar un MBA basado en todas las industrias, en una universidad ubicada en una ciudad pequeña en la que resultara más fácil hacer comunidad con sus compañeros de clase y donde el coste de vida no fuera muy alto. El resultado fue The Fuqua Business School, en la Universidad de Duke (Durham, Carolina del Norte), una de las instituciones educativas de mayor prestigio en Estados Unidos. La beca de la Fundación Mutua Madrileña despejó la última duda, ya que le permitió financiar la mitad de la matrícula. Los ahorros de seis años en Garrigues y los trabajos que realizó durante el máster en la corporación Sealed Air o en The Blackstone Group hicieron el resto.

Trabajo en equipo

Fueron dos años “vitales” para José María. El MBA le enseñó a hablar de habilidades, más que de conocimientos. El aprendizaje técnico ha sido fundamental, al igual que la exposición internacional, que “me ha enseñado a hacer negocios de forma estándar para todo el mundo”, o el trabajo en equipo. Una de las grandes enseñanzas del programa ha sido vivir en lo que considera un ambiente perfecto. “Allí coincidimos todos los tipos de personas, de diferentes países, sin clases sociales y sin prejuicios. Si algún día dirijo una empresa, me gustaría establecer ese ambiente”.  “Eso sí –añade con una sonrisa– me harté a invitar a paellas a mis compañeros durante dos años”.

En la recta final del máster, su obsesión no era volver a España. Es más, con un par de ofertas profesionales, vislumbraba su futuro en Estados Unidos. Entonces, en una de las sesiones de networking organizadas por la Universidad, una joven le habló de una empresa americana del sector salud que acababa de inaugurar oficina en Londres y buscaba extender su presencia en otras ciudades europeas. Se puso en contacto con ellos y surgió la sorpresa. “Me estaban contando lo que quería oír”.

Desde pequeño tuvo la suerte de que sus padres le enviaran a estudiar fuera varias veces y durante la carrera vivió un Erasmus en Reino Unido. Se desenvuelve sin problemas por el mundo cargado con una mochila y se apunta a todo lo que huele a internacional. Sin embargo, José María González volvió a nuestro país porque encontró aquí el trabajo que más le gustaba.

Actualmente trabaja en IMS, una consultora del sector farmacéutico, un campo que “me interesa desde el punto de vista científico y que cambia el mundo a diario. Me permite trabajar en proyectos en todos los países, menos en España; todas mis reuniones son fuera, cada quince días me voy a ver a los clientes a Alemania, Suiza o Gran Bretaña. Puedo trabajar con nuevas cosas que aprendí durante el MBA y me encantan”. Acude a trabajar vestido de forma casual y es él quien planifica su tiempo. No vive para el fin de semana. Su vida son siete días a la semana y no le importa comprobar la Blackberry antes de irse a la cama o en sábado y domingo. “Siempre y cuando sea una cosa razonable”.

Aquel niño que quería cambiar las cosas sigue teniendo una asignatura pendiente: irse a una industria donde rematar el trabajo que durante años ha realizado como consultor. “Llega un momento en que el trabajo de la consultoría se lo das a otro. Nunca llega a ser tuyo el final, es algo que me gustaría experimentar”. En lenguaje gastronómico (la comida es una de sus aficiones), cocinar la receta inventada. Mientras, seguirá viajando por el mundo ligero de equipaje y con la mente abierta.

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