Vidas Cruzadas

Cristina acaba de llegar de Huesca. Esta vez el motivo de su visita no ha sido fruto de su afición montañera, sino la gira de Ferro Teatro en la que han acercado La Flauta Mágica de Mozart a más de seiscientos niños cada día, de diferentes municipios aragoneses.

Además de aficiones como el ciclismo y la montaña, la pasión de Cristina siempre ha sido el teatro. Estudió arte dramático y desde pequeña participó en grupos amateur. Con veinte años se embarcó con “mucho miedo”, como dice ella, en aquel mundo, dejando su trabajo de documentalista para dedicarse de manera profesional al teatro: “No sabía si iba a poder vivir de mi profesión, pero no me valía otra cosa. Mi vocación era muy clara desde el principio”.

Ferro nació en 2004 como un proyecto tímido, una pequeña asociación cultural junto a un par de actores, a su vez compañeros de clase y que hoy en día siguen a su lado. Sin embargo, poco a poco la compañía comenzó a coger inercia y tuvo que decir que no a otros trabajos. “Si me hubieran dicho que me iba a convertir en una empresaria probablemente no hubiera estudiado arte dramático” confiesa entre risas. De hecho, hoy en día solo se sube al escenario de manera puntual, cuando hay personajes o “plazas” especiales para ella.

Este es el caso de la Fundación Mutua Madrileña, donde volvió representar el Ministerio de la Tierra el pasado mes de enero. “A la Mutua le tengo muchísimo cariño. Me gusta mucho la labor que hace la Fundación con la dinamización de ese espacio tan bonito que es el auditorio de Mutua”.

Desde 2015 cerca de tres mil mutualistas y sus hijos han disfrutado de algunas de las obras que componen la programación infantil de Ferro, en concreto La Flauta Mágica, El Cascanueces, El Lago de los Cisnes, El Gran Juego de Verdi y El Ministerio de la Tierra. “Ese público que ha logrado generar la Fundación de mamás y papás que llevan a sus niños a culturizarse, a mí me encanta. Todo lo que sea dinámicas y propuestas para generar consumidores de teatro me parece súper importante”.

En este aspecto, Cristina tiene una larga experiencia en la adaptación de grandes clásicos para los más pequeños. Su primer retro fue en 2005 con la Flauta Mágica de Mozart: “Fue la primera vez que me enfrenté contra un operón de tres horas en alemán, con una historia un poco obtusa y un arco dramático muy difícil de entender para los niños. Resultó ser un éxito. Descubrí en ese momento que era muy interesante adaptar las obras de autores clásicos para los niños y niñas”.

A día de hoy Ferro cuenta con diez espectáculos musicales para niños, entre los que encontramos títulos de Tchaikovsky, Mozart o Verdi, a los que se sumará en los próximos meses Guillermo Tell de Rossini. Esta última irá dedicada a niños algo más mayores por su temática, como nos explica Cristina. “Ya me pasó con El Lago de los Cisnes, me costó adaptarlo para niños de tres a seis años. Como puedes imaginar, en nuestro final el cisne blanco y el cisne negro son muy felices”.

Todos sus espectáculos infantiles de teatro comparten el mismo leitmotiv, diferenciándose de los de otras compañías. Durante los primeros diez minutos, los actores rompen la cuarta pared descubriendo a los niños e introduciéndoles dentro de la trama. “Esto está súper calculado. Sabemos que después de tantos minutos, los niños pierden la concentración y hay que volver a generar interés. Esta medido en todos los espectáculos cómo captar su atención. No hay improvisación, todo es trabajo puro”, explica Cristina. “De esta manera, el pequeño espectador no solo se siente parte integral del desarrollo, sino que prácticamente gracias a él se soluciona el conflicto”.

La labor pedagógica de Ferro también abarca toda la geografía española, coordinando con los teatros y centros educativos de cada región, las sesiones matinales durante la campaña escolar. En la capital, entre otros proyectos, llevan a cabo junto al Ayuntamiento de Madrid visitas teatralizadas y talleres temáticos para niños y niñas en el Faro de Moncloa.

Pero no todo es teatro infantil. La compañía también se dirige a los adultos, consolidándose como una de las más punteras en España en el ámbito lírico. “Seguimos apostando por la zarzuela, intentando modernizarla, descostumbrizarla… Antes de la crisis era muy normal que un municipio se gastara diez mil de euros, por ejemplo, en un espectáculo grande de este género. Ahora es impensable, es un género que casi ha desaparecido. En este aspecto, somos un poco como los últimos de Filipinas”.

Su último proyecto es uno de los más ambiciosos: una residencia para artes escénicas en la región de los Pirineos, cuyo debut se espera para el verano de 2019. Una iniciativa gracias a la que, junto al reconocimiento de toda su carrera, Cristina ahora forma parte de la Academia de las Artes Escénicas como directora.

Productora, autora, directora, actriz, guionista… Se ríe al recordar su respuesta a la pregunta que le hizo un alumno durante una entrevista hace unos días. “Me preguntó si mi trabajo era muy duro. Intenté explicarle que es mucho más de lo que parece, todos los kilómetros que hay detrás de cada representación, la organización, la gestión emocional del equipo, etc. Pero claro, para un niño es una pregunta mucho más inocente. Me temo que no entendió nada de lo que le dije”. Nosotros somos testigos de ese gran trabajo y esperamos impacientes poder ver de nuevo El Cascanueces en noviembre, y a ella también.

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