Vidas Cruzadas

Cada persona es única y hay que escucharla. Mariana Valenzuela lleva algo más de dos años escuchando los problemas y necesidades de los niños y adolescentes que llaman al teléfono de la Fundación ANAR. Problemas de adolescencia, acoso escolar, violencia doméstica, desamparo por abandono, abusos sexuales, secuestro parental, intentos de suicidio, etc. Es un trabajo duro, con una cara amable, la de la satisfacción personal por el trabajo cumplido y el reconocimiento social.

Esta psicóloga argentina se mudó a España hace casi seis años desde Inglaterra donde su marido estaba destinado: “Mi intención era empezar a trabajar en lo mío en cuanto me instalase”, cuenta. Lo primero, la convalidación del título. Los trámites llevaron dos años, tiempo que aprovechó para ponerse al día en todo lo referente a voluntariado. Así dio con la Fundación ANAR.

Se trataba de un trabajo con menores en riesgo y por teléfono. Muy distinto al que Mariana llevaba a cabo en su consulta privada en Argentina. Estaba especializada en niños con cáncer, atención cara a cara. En ANAR, tendría que tratar los casos a través del teléfono. “Pensé que no iba a poder. Fue un desafío, pero me gusta”. Y empezó a trabajar como voluntaria.

El curso de formación es impartido por los psicólogos, abogados y trabajadores sociales de la fundación con objeto de complementar la formación en materia de infancia y desde un enfoque multidisciplinar. Para el desarrollo del programa en el que colabora Mariana la Fundación ANAR cuenta con el apoyo de la Fundación Mutua Madrileña.

En opinión de Mariana, es una formación apta tanto para recién licenciados como para psicólogos con experiencia. Trabajan mucho en grupo, con técnicas de role play para prever cómo será la dinámica del trabajo.

A pesar de la preparación, el primer día de Mariana resultó duro “Hasta entonces, en las escuchar estás acompañado por una persona experta, sabes que está ahí aunque no te hable. Pasar a la sala de orientación impone”. Con todo, esta voluntaria destaca el control y el trabajo en equipo realizado.

La fundación se decida desde 1970 a la promoción y defensa de los derechos de los niños adolescentes en situación de riesgo y desamparo. En la organización recuerdan que cualquier niño o joven puede marcar ese número y encontrará al otro lado un psicólogo que le va a dedicar el tiempo necesario. Profesionales como Mariana. Hay casos que le afectan más que otros. Los abusos a menores, por ejemplo, están entre los primeros. La experiencia le ha enseñado que cuando un chico llama es porque se encuentra en una situación límite y no cuenta con nadie en quien poder confiar. “Generalmente, cuando se atreven a marcar el número de ANAR es porque están aguantando la situación desde hace mucho tiempo. No llaman después del primer golpe, sino dos años después”, ilustra a modo de ejemplo. Acuden a ANAR solo cuando se dan cuenta de que lo que les está pasando no es normal. Mariana lo achaca al miedo. “No se atreven a hablar. Por un lado, quieren denunciar su caso, por otro no, porque son su familia, temen lo que le pueda pasar a su padre si lo denuncian”.

Para Mariana el anonimato da a los menores la oportunidad de resguardarse, un refugio de confianza para contar su caso. Disfruta de su trabajo a pesar de esos días duros en los que está deseando llegar a casa y desconectar. Su intención es seguir por mucho tiempo al otro lado del teléfono.

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