Vidas Cruzadas

Cristina y Patricia estaban llamadas a encontrarse. Las dos tienen la misma vocación e iguales ilusiones. Aunque las circunstancias no lo pusieran fácil. La primera, dermatóloga, ejerce en Madrid y la segunda, enfermera de Granada, ejerce en King’s Lynn (Uk). Difícil que coincidieran hasta en su mismo proyecto vital, la cooperación en África, pues cada una es voluntaria en un país distinto.

Sin embargo, el destino enredó en forma de becas de la Fundación Mutua Madrileña. Pero tampoco en un primer momento. Cristina Galván recibió la beca para un proyecto de cooperación en Malawi, que llevó a cabo en 2015. Patricia Cobo realizará en 2016 su proyecto becado en Etiopía. “Son becas de apoyo, muy necesarias para sobrevivir el tiempo que estás fuera. No hay que olvidar que para ir a África dejas aquí tu trabajo”, explican las dos cooperantes.

Cuando a Patricia le hicieron entrega de su beca, se enteró que una beneficiaria anterior, Cristina, era dermatóloga y pensó que había llegado su gran oportunidad. “Tuve mucho interés en conocerla y poder trabajar con ella porque en estos países hay muchas afecciones dermatológicas y hacen falta especialistas”, afirma.

Dicho y hecho. Conectaron desde el principio y empezaron a colaborar. Primero desde la distancia, solventada por la tecnología actual, y en breve, juntas en Malawi. Allí van a poder llevar a cabo durante tres semanas una labor específica y poco conocida de la cooperación médica: la dermatología. La propia doctora, veterana en estas lides, confiesa: “Al ir la primera vez pensaba que me iba a encontrar con dermatología tropical, es decir, enfermedades típicas de aquellas latitudes. Mi gran impresión fue enfrentarme con afecciones comunes en el mundo desarrollado pero que en estas zonas son de una agresividad y una gravedad fatales”.

Sarna, tiña, infecciones bacterianas, pitiriasis, lepra…todo un catálogo de enfermedades de la piel agravadas por la pobreza y la desnutrición. Falta de higiene, hacinamiento, carencia de calzado adecuado o desconocimiento son el caldo de cultivo para dolencias que en Occidente hace tiempo que dejaron de ser un problema sanitario.

A pesar de la necesaria distancia profesional y de su larga experiencia como cooperante en el Sáhara, a Cristina más de una vez se le han caído las lágrimas “cuando una madre destapaba delante de mí a sus hijos”. Patricia también se estremece al recordar escenas vividas en Etiopía, como la que presenció cuando una mujer les llevó a dos hijos gemelos. Uno estaba mejor que el otro porque, simplemente, había decidido salvar al más fuerte. “Te da por juzgar, sí, pero luego piensas que quiénes somos nosotros para hacerlo”, dice convencida.

La resignación de esta población ante sus males es una de las lacras contra la que hay que luchar. Cristina recuerda el caso de una muchacha, con una lepra incipiente, que renunciaba a las prescripciones médicas, que hubieran podido curarla. No iba a seguir el tratamiento. “No tenía medios para pagarse el transporte hasta el hospital”, explica. Toda una vida desperdiciada por carecer de unas monedas.

La desidia generalizada, abonada por la falta de expectativas, es otra de las grandes dificultades. Los cooperantes sanitarios son muy bien recibidos por todos en estos países, autoridades incluidas. “Pero su propia burocracia nos ahoga”, apunta Cristina.

A pesar de estas circunstancias tan difíciles, o precisamente por ellas, el balance que hacen ambas de sus experiencias no puede ser más positivo. Cristina cree que la eficacia del trabajo desarrollado allí “se nota muchísimo más”. Que aquellas personas se curen, se traten, se informen, hace que se ensanche el ánimo y que seguir valga la pena. “La satisfacción que te da lo poco que tú puedas hacer es enorme. Y darles a ellos la esperanza de que lo que tienen se puede solucionar, el hecho de que estén esperándonos…”  Para Patricia, el intercambio cultural es otro factor favorable a tener en cuenta, “para nosotros y para ellos”.

El cansancio, las incomodidades, alguna que otra frustración o el choque emocional se olvidan en cuanto recuerdan las colas enormes que, “desde que amanece”, se forman en los hospitales al enterarse de que ha llegado el personal sanitario. Por eso y por mucho más, van a volver con entusiasmo a una de las regiones más pobres del planeta. Y esta vez juntas.

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