Vidas Cruzadas

Dicen, y con razón, que ver reír a un niño es una de las experiencias más gratificantes de la vida. Y, para que ría, lo mejor es que juegue. Pero no todos lo tienen tan fácil. Los niños hospitalizados, por ejemplo. Ellos no tienen las facilidades para jugar y, por tanto, tampoco para reír que tienen los demás.

Para paliar esta situación, hace unos cinco años la Fundación del Tenis Madrileño tomó cartas en el asunto. Propuso al Hospital La Paz de Madrid dedicar unas horas a la semana para que los pequeños pacientes que lo desearan, jugaran al mini tenis. A día de hoy, no son pocos los niños que están en el área infantil de este complejo hospitalario que esperan ansiosos las tardes de los martes, cuando Abraham Fernández, el profesor, profesional titulado como todos los que trabajan en la Fundación, acude a jugar con ellos. Otros cuatro hospitales madrileños se han sumado desde entonces a esta iniciativa para darle a la raqueta y a las bolas, que se ha seguido ampliando con la entrada en juego de la Fundación Mutua Madrileña.

El director de la Fundación de Tenis Madrileño, Carlos Almazán, señala que “lo importante es que cualquier niño que está en el hospital pueda jugar y, sobre todo, que esto le ayude a mejorar”. Porque, al margen de la enfermedad, el tedio es la peor pesadilla de un hospitalizado, sobre todo si es menor.

Las sesiones de mini tenis tienen lugar en una sala de juegos del Hospital Infantil, junto a la escuela ‘La Pajarera’. La Fundación del Tenis Madrileño aporta los profesores, las ideas para las actividades y la organización, mientras que la Fundación Mutua Madrileña se encarga de sufragar la habilitación de la sala y todos los recursos materiales, ya que todo está adaptado a las necesidades de los pequeños.

El mini tenis es una actividad idónea para estos jugadores. Está concebido para niños de entre 3 y 12 años, aunque tampoco hay límites de edad. Las pelotas y la red son más pequeñas y botan menos que las normales.

En la práctica, los pequeños hacen de todo. Juegan partidos convencionales, practican con las bolas, aprenden técnicas con el profesor, persiguen las pelotas por el suelo, pelotean solos o forman equipos. No hace falta seguir unas pautas regladas.

No se podría, por otra parte. Los jugadores que bajan a la sala del mini tenis lo hacen desde la habitación de un hospital. Sólo médicos y enfermeros imponen el criterio de quién debe participar y cuándo, además, claro está, del propio paciente y su estado en el momento de bajar a jugar. .

“No se le dice que no a nadie que quiera apuntarse”, explica Carlos. “Lo que hacemos es adaptar los ejercicios a cada paciente”, confirma Abraham. Tiene que ser de esta manera para cumplir con los fines perseguidos: que los niños sean niños, que se olviden de donde están, que se diviertan y, a la vez, que mejoren su psicomotricidad.

Los pequeños agradecen, con su natural vehemencia infantil, estas horas de asueto, en las que también les acompañan los jóvenes que hacen voluntariado en el centro. Los hay que sólo salen del letargo de su habitación para jugar al mini tenis. Cambiar de aires y romper la semana se ha convertido para muchos de ellos en un aliciente, en un motor que les hace reír de nuevo.

Hay un dato revelador: en 2015, unos 450 niños ingresados en los cinco hospitales que forman parte de este proyecto pasaron por el mini tenis y las previsiones para este año son incrementar esta cifra de manera notable.

¿Y si al niño le pica el gusanillo y quiere seguir jugando al tenis? La Fundación le sigue apoyando después de ser dado de alta, pero ya en otro escenario alejado del hospital. Abraham añade que todo “está planteado como un juego, pero si además creamos afición al deporte, mejor que mejor”.

Aunque, como dice Carlos Almazán, en esta actividad con los pequeños, “lo primero es el ocio, el entretenimiento y después el aprendizaje”.

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